Él sabe que la hizo llorar, no una, ni dos, ni siete veces,
sino durante una colección de madrugadas enredadas entre el deseo y la
ausencia.
La mandaba mensajes pero que perdieron musculo con el
paso del tiempo. mensajes en los que lo único que aumentaban eran los puntos
suspensivos y los monosílabos, el tiempo, la distancia y tal vez el frio
agotaron el derroche de besos y champan, los dos sentían un deseo inmortal tan
perfecto como un choque de caderas entre bailarines expertos. Pero se quedó en
eso, en un deseo.
Es lo que pasa con los amores de verano, los marchita
el curso, los daña la distancia y los mata el tiempo, por lo menos eso es lo
que me ha pasado a mí con mis innumerables amores de verano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario